Quiltros del Pais, origenes...

A hora que andan buscando al “quiltro del bicentenario”, me doy cuenta de que hace ya un buen tiempo que la noción de “quiltro” está por completo desdibujada. Por alguna razón que ignoro, pero que sospecho tiene su correlato en la historia patria, la quiltridad de un can ya no es una medida meramente racial, en la que acaso cabía distinguir tres o cuatro subcategorías, sino que ha derivado en algo más amplio y difuso, que alcanza la sociabilidad y conducta del animal. En buenas cuentas, se confunde o asimila el linaje abstruso y característico del quiltro con la condición desgraciada y libre del perro callejero. La proliferación de perros de raza en las calles explica en parte ese fenómeno. En la calle, de hecho, he escuchado que la gente llama quiltros a especímenes que son en realidad siberianos de pura cepa o perros doberman a los que nunca nadie les ha cortado las orejas ni la cola.

Según entiendo, el quiltro original, el primer quiltro, es decir, el quiltro que conocieron los mapuches desde mucho antes de la ocupación de la Araucanía y su consiguiente invasión de sabuesos, falderos y mastines raros, era un perro chico y lanudo, presuntamente buen ovejero, con toda seguridad amistoso, inquieto y poco exigente. Un dibujo de Claudio Gay y una descripción de Pascual Coña me llevan a imaginarlo como el perro de Lipigas, pero mucho más crespo, algo más gris, igualmente paticorto, un pichintún menos estúpido y, sobre todo, infinitamente menos hinchapelotas.

Contemporáneo de ese Adán de los quiltros sería el perro denominado “trewa”, una suerte de galgo amarillo y terrible, casi dingo, inservible para las tareas domésticas. Por eso los mapuches, cuando insultan, dicen “wingka trewa”, y no “wingka kiltro”, como introducción a un rosario que no anotaré por decoro, porque alude a cierta corrupción moral de la madre del insultado.

Fue con los años que empezó a diversificarse la raza quiltra hasta quedar en el abanico Benetton que vemos hoy. El quilterrier, famoso por el Washington de Condorito y a punto de sacar credenciales como perro linajudo, es una cosa muy posterior al quiltro adánico. En los años ochenta surgió otro estilo de quiltro: el quiltróberman. Éste, me parece, aún no tiene consistencia taxonómica, pero sí puede decirse que bajo esa denominación se hallan perros negros que recuerdan vagamente la facha de un doberman rabioso o de un pastor alemán de los infiernos o de cualquier bestia negra que de sólo mirarla den escalofríos y ganas de apretar cachete hasta el fin de la tierra.

Actualmente se considera quiltros también a los productos abandonados de las mascoterías, industria cuyo auge coincide con la infantilización consumista del país en los últimos veinte años. Los viejos quiltros de Chile, pues, tienen un serio problema de inmigración indeseable, pues los nuevos quiltros son en general muy mal criados, irrespetuosos de la colectividad, vanamente ostentosos de sus pelajes y pedigríes, con cero sentido de la vida citadina y sin ninguna educación en relación a la austeridad característica de los quiltros de siempre.

 Leonardo Sanhueza
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